El lugar estaba prácticamente oscuro, con un dulce aroma a incienso y frutas del bosque. Respiró hondo, y notó cómo su pecho se alteraba. Sabía que estaba allí, esperándola, y un profundo deseo le ardió en la garganta, en los senos, en zonas que de pronto necesitaban ser amadas con urgencia. Caminó, permitiendo el juego aunque fuera poco tiempo, y se quitó los zapatos. El roce apenas sutil de la moqu
eta en sus pies le hacía cosquillas, el perfume llenaba su rostro como una pesada cortina, su corazón palpitaba con ansia. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había metido? Recorrió las sombras con sus ojos abiertos como platos, y notó una urgencia terrible naciendo bajo su camisa. Lo buscaba. Le hacía falta como el agua. Su cuerpo estaba tenso y sudoroso.
eta en sus pies le hacía cosquillas, el perfume llenaba su rostro como una pesada cortina, su corazón palpitaba con ansia. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había metido? Recorrió las sombras con sus ojos abiertos como platos, y notó una urgencia terrible naciendo bajo su camisa. Lo buscaba. Le hacía falta como el agua. Su cuerpo estaba tenso y sudoroso.Y al fin llegó. Una mano, un cuerpo, un movimiento de aire. Un brazo fortísimo la sujetó desde atrás por la cintura, al tiempo que unos labios ardientes susurraban promesas nocturnas en su oído, y ella se dejó hacer. Dejó que unos dedos ávidos arrancaran los botones de su blusa, brevísimas fronteras de un país por conquistar. Dejó que su falda desapareciera sobre la moqueta, y su piel vibrase con un aliento de fuego en su nuca, y unos dientes clavados en su dulce garganta. Se giró, y su cuerpo apenas envuelto en la seda de ropa interior negra se vio atrapado por los músculos inevitables de un enorme pecho de varón. Lo deseaba. Volvió a notar el ansia urgente naciendo en su boca, y esta vez no pudo articular palabra.
Estaba muerta. No tendría más vida que la que él quisiera darle. Tembló, pero no por miedo, sino por la prisa horrible de sentirle dentro.
Se rindió, y apenas se dio cuenta de las manos que la desnudaban por entero. Cayó mirando al techo, y exigió que la llevara al cielo con sólo el roce entregado de su boca.
El placer es un arma de un poder infinito, y en este día nervioso ella gritó envuelta en placer. Un placer inmenso y terrible. Un placer capaz de consumir sus días. Una corriente eléctrica que nacía en sus duros pezones negros y en su clítoris, y que desde allí viajaba sin detenerse por todos los rincones de su cuerpo. Chilló, y ni las manos ni la lengua de su amante le dieron tregua. Se agitó, presa de convulsiones como las olas de un mar furioso, y sus movimientos se hicieron rítmicos y acompasados.
Fue entonces cuando notó que su hombre la penetraba.
Al principio fue apenas un sentir gustoso y breve, cuando él le acarició la vagina con su glande durísimo, y ella separó las piernas para recibirlo. La penetración fue inmediata, y de tanto como había soñado con ella, no pudo evitar que se le escapase un alarido de gusto. Su hombre estaba dentro de ella. Su poderoso amante, su fuerte jinete de pene larguísimo había entrado ya en su vagina, y la recorrió un escalofrío inmenso que no por esperado llegaba menos placentero. Era un sueño, un disfrute magnífico, un gusto infinito y atroz.
Y chilló, una y otra vez, con las manos de él sujetando sus caderas, como quien pretende sujetar la lluvia. Se agarró a su espalda, clavando las uñas en la piel oscura y firme de aquel hombre perfecto, y quemó su garganta a voces mientras sentía la fricción del pene hasta su alma. La golpeó, le introdujo un miembro colosal tal y como había imaginado, hasta el punto que notó un dolor ardiente que nacía en su pelvis, como un fuego de yesca y pedernal, y sin embargo ese dolor le era mucho más placentero, más divino, más impresionante que nada. Rió a golpes, como si la voz se le escapara entre unos labios jugosos, y pidió que cada vez la penetrase más, y más, más fuerte, más profundo, hasta que casi perdiera el sentido.
Giró en la moqueta impulsándose con las piernas, y cayó sobre el pecho de su amante. Saltó, a caballo de un vientre de varón en el que clavó sus garras. Montaba, apretando los muslos contra aquellas fuertes caderas, y con cada movimiento lo sentía atravesarla.
Sus pechos flotaban en el aire, su melena era un borrón sin forma, y esas dulces y durísimas embestidas al fin le trajeron un grandioso orgasmo. Un placer infinito. Una electricidad intensísima. Una inmensa contracción de todos y cada uno de sus músculos. Un grito eterno hasta quedarse ronca, un fuego que nacía en su estómago y subía a la garganta como fuego líquido.
Entrar en el cielo por la puerta grande.
Los dedos juguetones del granizo baqueteaban la noche en el cristal, y sus cuerpos quedaron echados sobre la moqueta. Cálidos, relajados, cubiertos de la suave escarcha del sudor. Se abrazaron, ella miró el placer reflejado en el marrón de sus ojos, y llevó los dedos a aquel pene fantástico que aún permanecía erecto.
Y en sus labios curvados se mostró un nuevo ataque de deseo.
–Esta noche va a ser muy, muy larga para ti, guapo…
–¿Estás bien, querida? Anoche no viniste a cenar con todos, cuando cerramos la oficina.
–Ah, no… Me fui temprano. Y te puedo asegurar… que no hay nada como cenar en casa.
–¿Estás bien, querida? Anoche no viniste a cenar con todos, cuando cerramos la oficina.
–Ah, no… Me fui temprano. Y te puedo asegurar… que no hay nada como cenar en casa.
2 comentarios:
¡¡¡ BUENISIMO !!!, un poco más largo... ¡ y no podría haber terminado de leerlo ! ;)
Ja, ja, ja, ja!! Ya veo que te ha gustado de verdad, eh?? Un abrazo, compañero!!!
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